LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO APÓSTOL (siglo I). La Iglesia universal conmemora como «festividad» la conversión al cristianismo del llamado «Apóstol de los gentiles»; acontecimiento narrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles (22,6-15). Antes de ser bautizado, su nombre era Saulo (del hebreo, «deseado», «elegido»), vivía en Tarso de Cicilia (actual Turquía) y era feroz perseguidor de cristianos. Cuando se enteró que muchos pobladores de Damasco se habían cristianizado, solicitó al sumo sacerdote autorización para aprehender a los conversos y llevarlos a Jerusalén. Al llegar a los límites de dicha ciudad se vio deslumbrado por una cegadora luz, cayó en tierra y escuchó una voz que le decía: «Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? …Yo soy Jesús a quien tú persigues». Después de este acontecimiento, abrazó la fe de Jesucristo y solicitó ser bautizado con el nombre de Pablo (del latín, «pequeño»). Desde entonces fue un propagador incansable de la religión del Maestro, hasta morir degollado. San Juan Crisóstomo (13 de septiembre), en una de sus homilías, lo elogia con estas palabras: «Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: ‘Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante'» .
Otros santos: Agustín Caloca Cortés, presbítero y mártir. Beatos: Francisco Zirano, presbítero de los Hermanos Franciscanos Conventuales y mártir; Manuel Domingo y Sol, Presbítero y fundador.