En el banquete de los diálogos de Platon, (*1), y en el capítulo …(*2) de la carta de San Pablo a los Romanos se puede ver el mismo lamento de dos almas sinceras que conociéndose a si mismas afirman ¿Por qué hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que quiero?. Otro poeta anterior a Cristo había dicho también lo mismo, ¿Por qué todos aunque no lo divulguemos nos reconocemos con mayor o menor frecuencia actuando no solo desordenadamente sino en forma contraria de nuestras más firmes creencias. Simplemente podemos reconocer que estamos «Desordenados». Que es y de donde nos viene el desorden que todos aunque sea en muy pocas ocasiones experimentamos?. Por otro lado, tal vez no nos conste que hubo alguien que viviera siendo adulto la inocencia de los niños, pero nadie puede negar el deseo aunque también sea solo en contadas ocasiones de vivir con honestidad e inocencia. También esto nos lo vino a revelar Cristo a repetir la tradición y a confirmar en varias ocasiones por varios siglos el magisterio de la Iglesia. El pecado aun cuando el solo hecho de conocerlo nos cause desazón existe. Es una realidad que no podemos negar por más vueltas que le demos. No tiene nada que ver aunque se parezca, con el complejo de culpa. Es simplemente la conciencia, esa vocesita interior que escuchaba Socrates que le avisaba antes de determinadas acciones que no debía actuar en esa forma. (*3). Para un Cristiano Católico sencillo la cura de sus malas acciones de las que muy difícilmente podrá escapar siempre solo existe la cura que se llama incipientemente remordimiento que termina en arrepentimiento. (*4). La revelación del pecado requiere todo un capítulo aparte vaste leer el capítulo octavo de la carta de San Pablo a los Romanos para vislumbrar la profundidad y extensión de ese rechazo practico a Dios que realizamos cuando pecamos. Nos alejamos de el escandalizamos a los demás y nos destruimos a nosotros mismos.