BEATA MARÍA ROSA DE JESÚS, del hebreo Miryam, cuyo significado y etimología son, según diversos Padres de la Iglesia, «señora», «soberana» y del latín, «rosa» (1917-1972). Religiosa de las Hermanas Franciscanas Misioneras de Cristo. Bruna Pellesi (su nombre de bautizo) nació en Prignano sulla Secchia, Italia. De origen campesino, se distinguió por su carácter amable y su eterna sonrisa, cualidades que le hicieron ser muy popular en su comunidad. Era joven cuando, al morir dos de sus cuñadas, se hizo cargo de la crianza de sus seis sobrinos, tarea a la que se aplicó olvidándose de sus propios proyectos. El 27 de agosto 1940 se unió a las Hermanas Franciscanas Misioneras de Cristo (antes Hermanas Franciscanas de San Onofrio). Al profesar, en 1942, adoptó el nombre de sor María Rosa de Jesús. Fue docente en colegios de Rímini y Ferrara. En 1945 abrió una guardería en Tamara, Ferrara, en esas instituciones fue ejemplo de entrega y amor al magisterio. Contrajo tuberculosis, iniciándose así un calvario que le acompañaría los siguientes veintisiete años de su vida. Fue sometida a innumerables operaciones y sufría constantemente de agudos dolores. En los sanatorios donde se encontraba internada llevaba auxilio espiritual a los enfermos, con una palabra o con su sempiterna sonrisa. A partir de 1947 padeció una pleuritis con exudación, la cual provocó que se le tuviera que estar drenando constantemente liquido de la pleura (toracentesis), se contabilizaron más de mil de estas intensas intervenciones. Sor María Rosa, escribió: «Me abandono totalmente a Jesús. Me fio de él. Lo amo. Es un abandono vivido en una oración continua y silenciosa». Después de una ejemplar vida de entrega a la voluntad divina partió al encuentro con el Amado en la ciudad de Sassuolo. En la homilía de su beatificación (29 de mayo de 2007), el cardenal Saraiva Martins destacó: «Como símbolo de su crucifixión en la carne, se le quedó incrustado en el tórax, durante diecisiete años, un fragmento de aguja que se rompió, por error médico, durante la extracción diaria. Ella, como humilde cordera -es lo que deseaba ser-, la llamaba ‘mi lanza»‘.
Otros santos: Eloy o Eligio de Noyón, obispo; Carlos de Foucauld «el Apóstol de los tuaregs», presbítero.