DOMINGO 24 Domingo de Ramos de la Pasión del Señor Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén
Rojo Semana Santa, MR, p. 243 (257); Lecc. I, p. 193 LH, Semana II del Salterio
Otros Santos: Catalina de Suecia, abadesa; Óscar Arnulfo Romero, arzobispo y mártir. Beatos: Diego José de Cádiz, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos; María Karlowska, fundadora.
BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ, abreviatura de Santiago, del árabe, derivado de Jacob, «que Dios proteja», y del hebreo, «que Dios agregue» (1743-1801). Presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos. Nació en Cádiz, España. A partir de los doce años estudió metafísica y lógica en el convento dominico de Ronda. En 1759 ingresó con los franciscanos capuchinos, cursó el noviciado y en 1767 recibió el Orden sacerdotal. Inició su ministerio en Ubrique. Se consagró al estudio de la Sagrada Escritura con el objetivo de ser un buen predicador y contrarrestar las doctrinas e ideas rega1istas, deístas y enciclopedistas de la «Ilustración» -todas éstas en contra de la Iglesia y la religión católica-, que se difundían durante el siglo XVIII. Recorrió su país evangelizando. Padeció calumnias por envidia de su benéfica misión, siendo confinado al convento de Cázares; cuando pudo salir, continuó la propagación de la Palabra en Madrid y Andalucía. Dios le premió con numerosas revelaciones místicas y con los dones de profecía y taumaturgia. Por su gentileza fue llamado »Apóstol de la misericordia» y el «Nuevo san Pablo». Su obra escrita comprende numerosas cartas y sermones. Su vida se extinguió en la ciudad española de Málaga. Fue beatificado por el Papa León XIII (1878- 1903) en 1894.
DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR. «…nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de Él mismo… Así debemos ponemos a sus pies como si fuéramos unas túnicas… Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: ‘Bendito el que viene, como rey,
en nombre del Señor»’. San Andrés, obispo de Creta.