VIERNES 7 El Sagrado Corazón de Jesús Solemnidad
Blanco Viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés MR, p. 453 (449) / Lecc. II, p. 204 Misa vespertina desde las 18:00 hrs del día anterior con el mismo formulario
Otros santos: Roberto de Newminster, abad de la Orden Cisterciense; Antonio María Gianelli, fundador. Beatas: María Teresa de Soubiran, fundadora; Ana de San Bartolomé, religiosa de la Orden de Carmelitas Descalzas.
SAN ROBERTO DE NEWMINSTER, del germánico, «el que brilla por su fama» (1159). Abad de la Orden Cisterciense. Oriundo de Gargrave (Yorkshire, Inglaterra). Sin precisarse fecha, viajó a Francia y ahí se matriculó en la Universidad de París. Regresó a su patria, recibió el Orden Sacerdotal y se le designó párroco de Gargrave. Sus deseos de llevar vida ascética le llevaron a ingresar en la abadía benedictina de Santa María, en la región inglesa de Whitby. Su piedad y estricta disciplina lo condujeron a integrarse al convento de Fountains en 1132, la primera de esa Congregación que se estableció en Inglaterra. Se le designó Superior del segundo monasterio cisterciense inglés, establecido en Newminster. Posteriormente organizó las abadías de Pipewell (1143), Roche (1147) y Sawley (1148). Sus compañeros y el pueblo atestiguaron su vida ejemplar, así como su buen juicio y misericordia e iniciaron su veneración inmemorial. Antiguas Crónicas corroboran que el santo abad poseía los dones de taumaturgia y consejo. Debido a la fama de santidad que los monjes tuvieron bajo su mandato, la comunidad religiosa se incrementó rápidamente. Partió al Reino desde Newminster.
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. «Esta devoción hunde sus raíces en el misterio de la Encarnación; precisamente por medio del Corazón de Jesús se manifestó de modo sublime el amor de Dios a la humanidad. Por eso, el culto auténtico al Sagrado Corazón conserva toda su validez y atrae especialmente a las almas sedientas de la misericordia de Dios, que encuentran en Él la fuente inagotable de la que pueden sacar el agua de la vida, capaz de regar los desiertos del alma y hacer florecer la esperanza». Benedicto XVI (2006).